Universidad libre, gratuita, laica, pluralista, autónoma. ¿Me faltó alguno? Muchas veces recomiendan, al empezar a escribir una columna, llamar la atención del público objetivo. Pues bien, creo que exactamente esas palabras (quizás agregando un sutil “para todos”) atraerán a quienes me interesa persuadir o, en su defecto, despertar.
La universidad es una idea que en nuestro país ha sufrido importantes transformaciones y, quienes hoy se involucren en el debate acerca de la Reforma a la Educación Superior, pronto se darán cuenta de ellas, ya revisando la literatura o intentando entender qué es eso de “lo público”. Jorge Millas puede ser un referente para comprender la primera transformación: el paso de una idea universitaria basada en la libertad y el compromiso nacional por medio de la investigación a una universidad vigilada por un régimen totalmente terco e indiscutiblemente indiferente a este respecto. El cambio más grande lo sufrieron aquellas universidades del Estado (U. de Chile y UTE) que revestían para el régimen el traje de la subversión y, en general, la idea de una universidad estatal con todos los adjetivos nombrados en el comienzo se fue al olvido.
La segunda gran transformación ocurrió en 1981 con el cambio legislativo y económico impulsado por los Chicago Boys. Las universidades estatales se desintegraron y el vacío lo ocuparon las privadas. De la idea de una universidad, centro del acontecer nacional y nido de la investigación para el desarrollo nacional, se pasó drásticamente a un modelo profesionalista, donde los títulos – muchas veces sin valor alguno- pasaron a ser la meta última y la formación de recursos humanos un tema ya no de interés público, sino privado.
La tercera gran transformación aún no ocurre (o está ahora ocurriendo): la desaparición de las universidades estatales en pos de un sistema (y digo sistema porque actualmente carecemos de uno) que compite por recursos sin importar los intereses o ideologías de los que corren la carrera y sin importar quienes son los perjudicados de ella. Como dice M° Olivia Monckeberg : “ La educación universitaria llevada a la categoría de industria masiva o de simple objeto de negocio, no solo implica la degradación del concepto mismo de universidad. El mayor riesgo es que los anhelos y esperanzas se transformen en deudas y frustración para esos miles de jóvenes que están hipotecando su futuro” (1).
Agregaría a esta cita lo que me interesa transmitir: el olvido de las universidades estatales ( lo que nos lleva a hablar tan a destajo de “lo público”) y su incapacidad para jugar con las reglas impuestas hace ya tiempo, están destruyendo –pues ya dejó de ser una amenaza– un referente que en la historia de nuestra patria ha sido fundamental. El debate de esta reforma se concentra actualmente en incorporar a todos en un gran sistema, sin distinción. Mis preguntas son: ¿acaso no hay distinción? ¿por qué lo privado y no más bien lo estatal? ¿qué nos entrega uno y qué el otro? ¿qué rol que deben cumplir nuetras universidades estatales? ¿cuál la relación y vínculo que deben tener con el Estado? ¿cuáles son los deberes que se derivan para una universidad del estado por ser tal? El problema, como dijo alguna vez Squella no es la diversidad de respuestas que podamos tener a esas preguntas. Lo grave es que esas preguntas están hoy sin ningún tipo de respuesta y que pareciera eludírselas frecuentemente en los debates. De la vigilancia de la universidad estatal pasamos al descuido de ella: la antípoda y decadencia de un tesoro público que yo no estoy dispuesto a perder.
(1) Mönckeberg, M° Olivia; 2005. La privatización de las universidades. Una historia de dinero poder e influencias. Ed. Copa rota.
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